La violencia de género se produce a lo largo de todo el ciclo vital, independientemente de la edad. Los datos son claros: 29 mujeres fueron asesinadas en España durante 2020. El 48,27% de ellas tenía 50 años o más. Sin embargo, tanto en España como globalmente, la violencia de género en las personas mayores se minimiza, normaliza e invisibiliza. Existe una falta de datos asociados a esta temática. Las causas son diversas:  la carencia de investigación específica, las limitadas denuncias debido a la dificultad de las víctimas para reconocer los comportamientos de control, de violencia emocional, e incluso, de daño físico como comportamientos no tolerables en una relación saludable (probablemente asociado a las expectativas tradicionales sobre el matrimonio y el divorcio). Otras trabas tienen que ver con el solapamiento del concepto con el de abuso a las personas mayores. Esta situación provoca como resultado una inadecuación y una limitación en las medidas y en los servicios, los cuales se orientan a trastornos o sintomatología, responsabilizando a la propia víctima de los mismos. En consecuencia, se desvanece la esperanza de una vida libre de violencia para las mujeres mayores.

Efectivamente, apenas disponemos de estudios comparativos nacionales e internacionales específicos de la violencia de género en este grupo de edad. No ayuda la falta de acuerdo sobre lo que se considera “víctima mayor de violencia de género” en este ámbito. No obstante, los datos procedentes de la encuesta sobre “Violencia contra las mujeres” del Instituto de la Mujer en 2007, indicaron que un 6.9% de las mujeres mayores de 65 años padecían violencia. Estudios europeos [1] de prevalencia informan de un 28% de violencia de género física, emocional, financiera o abuso sexual en los 12 meses previos a la encuesta en mujeres mayores de 60 años.

La violencia de género en mujeres mayores se produce de forma frecuente. Las agresiones las llevan a cabo sus parejas o exparejas. Las víctimas desarrollan traumas y heridas emocionales que deben ser atendidas. Los sentimientos de culpa, de desesperanza, la dependencia emocional de no ser abordadas, no permitirán que la víctima se recupere. Además, es relevante tener en cuenta que es un colectivo que también puede presentar limitaciones físicas y cognitivas, estar en situación de dependencia y/o de discapacidad, resultando totalmente imprescindible que los recursos se adapten a sus circunstancias físicas y/o cognitivas. Conocer la frecuencia y la duración de la violencia de género es una cuestión importante para el diagnóstico y en la intervención: algunos trabajos recogen que entre un 26% y un 45% de mujeres mayores ha padecido agresiones por parte del compañero íntimo a lo largo de toda la vida. Del mismo modo, puede producirse por primera vez después de una larga convivencia, o incluso, con una nueva pareja, ante la presencia de “disparadores” como la jubilación, la salida de los hijos de casa o la mala salud de las parejas. En estudios de seguimiento a tres años por violencia de género, un 5% de mujeres mayores declaró haberla padecido. La dependencia económica, el desempleo, la falta de apoyo económico y el aislamiento social son también factores relevantes en la identificación y el mantenimiento de la violencia de género, al actuar como barreras ante la denuncia.

Por otra parte, se dispone de evidencia sobre la relación entre la violencia de género a lo largo del ciclo vital y las consecuencias sobre la salud: lesiones de diverso tipo, dolores de cabeza frecuentes, dolor crónico e insomnio y otros problemas de salud como, asma, síndrome del colon irritable o diabetes [2]. En cuanto a la salud mental, los trabajos del National Center on Domestic Violence, Trauma and Mental Health [3], aportan datos sobre Trastorno de Ansiedad Generalizada y Trastorno de Estrés Postraumático y suicidio.

La violencia de género existe y persiste a lo largo del ciclo vital y deja marcas perdurables en la salud y en el bienestar de las victimas. Las personas mayores muchas veces se ven excluidas de ser atendidas adecuadamente por la falta de comprensión del fenómeno, el edadismo y la escasa especialización profesional sobre este colectivo de la población.

Nuestra responsabilidad es trabajar por una sociedad segura y equitativa. Un primer paso es visibilizar una realidad con frecuencia invisibilizada. Debemos ser conscientes de que la edad aumenta la desigualdad y, por tanto, amplia las dificultades y las repercusiones de la violencia de género en la mujer mayor.  Será necesario conocer su realidad, desarrollar medidas adaptadas a sus necesidades y acompañar, intentando devolverles la esperanza de una vida mejor.

Firma del Post:

  • Carmen Orte Socias. Catedrática en Universidad Illes Balears
  • Lydia Sánchez Prieto. Investigadora en GIFES. Universidad Illes Balears

Enlace al artículo original: https://blogs.publico.es/coronavirus-positivo/2020/08/30/violencia-de-genero-en-mujeres-mayores-un-reto-pendiente/