Por Rosa Cobo

Profesora de Sociología de la Universidad de A Coruña y directora del Centro de Estudios de Género y Feministas

Rita Levi-Montalcini, Premio Nobel de Medicina en 1986, escribió un maravilloso libro con el título Atrévete a saber en el que nos animaba a desafiar algunos prejuicios científicos. Utilizo este título como excusa para señalar que no hay prejuicios solo en la ciencia, sino también en la sociedad, como el que sostiene que la justicia es justa e imparcial. Rita Levi nos advierte de que los prejuicios se combaten con el conocimiento.

Pero no solo quiero cuestionar este prejuicio, sino también ese otro que dice que cualquier afirmación es feminista por el solo hecho de que quien lo formula se define como tal. Si se quieren criticar análisis feministas desde posiciones ideológicas presuntamente progresistas, lo primero que hay que hacer es afirmar que el feminismo no es homogéneo ni monolítico. A partir de esta idea se pueden hacer afirmaciones antifeministas porque de un modo u otro esas afirmaciones caerán en algunos de los difusos feminismos que supuestamente existen. Con esta premisa, parece que cualquier idea cabe en el feminismo. ¡Ya está bien! Todas las opiniones no son feministas. Y esta afirmación, por supuesto, no niega la diversidad del feminismo. Claro que el feminismo es diverso, como lo es la izquierda y lo son todos los movimientos sociales.

Desde esta tribuna quiero decir que defender a Juana Rivas es la única posición ideológica feminista. Y por eso no es casual que las abogadas y trabajadoras de los servicios sociales que trabajan con mujeres agredidas estén defendiendo a Juana. Independientemente de cualquier consideración particular o de cualquier matiz, el caso de Juana Rivas nos ha puesto, como afirma la abogada feminista Consuelo Abril, frente a una pieza fundamental de la reacción patriarcal: la custodia compartida impuesta.

El caso de Juana Rivas, más allá del innegable drama humano, es un caso político. Solo quiero poner encima de la mesa dos argumentaciones para entender lo que está ocurriendo. La primera es de carácter sociológico: las mujeres -la mayoría abrumadora de mujeres- se ocupan de las tareas de cuidados y muy especialmente del cuidado de hijos e hijas. Los cuidan cuando están sanos y cuando están enfermos, cuando están en la guardería o en la universidad, cuando tienen problemas y cuando son felices. Las mujeres invierten afecto, trabajo y energía en sus hijos e hijas. Probablemente, demasiado. El compromiso de las mujeres con la maternidad es inequívoco y sostiene nuestra sociedad. Sin embargo, la mayoría de los padres invierten mucho menos tiempo y dedicación a su prole –ciertamente el afecto no se puede medir- y cuidan mucho más su trabajo, su participación en la vida social o política o sus aficiones. ¿Esto tendrá algo que ver con el hecho de que los espacios de poder son abrumadoramente masculinos? Esta afirmación no es un juicio de valor sino el resultado de los estudios que se han realizado sobre la participación en cuidados y tareas domésticas de hombres y mujeres. El trabajo gratuito que realizan las mujeres en el marco de la familia es muy superior al que realizan los varones. La igualdad entre hombres y mujeres no existe en la mayoría de las familias españolas en términos de trabajo reproductivo. Sin embargo, tras la separación hay que instaurar la igualdad que no existió antes en la vida familiar. ¿Por qué los medios de comunicación y las instancias institucionales no exigen a tantos varones que dejen de explotar a las mujeres en la familia? Esa no es una preocupación de los grandes medios de comunicación ni tampoco de la mayoría del genérico masculino, que, a su vez, es el que controla las instituciones. Dirán que no hay relación entre el caso de Juana Rivas y lo que estoy argumentando, pero la relación es absoluta porque el amor y cuidado a hijos e hijas tiene que ser el mismo antes y después del divorcio. Si el afecto y el trabajo son paritarios en la familia, entonces la custodia compartida deberá ser impuesta por ley. Sin embargo, la realidad es otra: la custodia compartida impuesta esconde reducir la pensión a los hijos, quitar el uso de la casa a las mujeres, repartir ventajosamente las propiedades comunes y dañar a las mujeres. El caso de Juana Rivas muestra con mucha claridad este último aspecto.

El segundo elemento para entender el caso de Juana Rivas es la falta de formación de lo que se ha denominado ‘perspectiva de género’ en grandes sectores de la judicatura. La Asociación de Mujeres Juezas de España explica que es fundamental “la utilización de la perspectiva de género como elemento transversal inspirador e informador tanto de las normas jurídicas como de su interpretación y aplicación”. ¿Se pueden emitir sentencias justas sobre violencia machista o sobre desigualdad si los operadores/as de justicia no han sido formados en estas cuestiones y no comprenden el carácter político que entraña toda desigualdad social? ¿Podremos detener la violencia contra las mujeres si no existen asignaturas en primaria, secundaria y universidad que sensibilicen y aporten claves para entender la desigualdad y la violencia machista?

Las feministas interpelamos a la justicia por no ser justa, por ser parcial y por defender a quienes están en una posición de poder. Ponemos en cuestión a una justicia que utiliza la retórica de la igualdad para debilitar a las mujeres tras los divorcios. Interpelamos críticamente a la justicia, a las instituciones políticas y a los medios de comunicación porque no han hecho de la violencia contra las mujeres un objetivo político. Y que no haya duda: todas las feministas, en nuestra diversidad, estamos con Juana Rivas y con sus hijos y todas dudamos de la parcialidad de la justicia porque comprobamos una y otra vez que es una justicia patriarcal.

Fuente: http://blogs.publico.es/otrasmiradas/10113/atrevete-a-aprender/

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