RAÚL ARIAS

En occidente -al menos- nos estamos volviendo tremendamente conscientes del alcance de la coerción y la explotación en las relaciones sexuales. Aun así, también deberíamos tener presente el hecho (no menos extendido) de que diariamente millones de personas flirtean y participan en el juego de la seducción con el claro objetivo de encontrar a alguien para hacer el amor. La moderna cultura occidental espera que ambos sexos tengan un papel activo en este juego. Cuando las mujeres se visten de manera provocativa para atraer la mirada masculina, cuando se convierten en “objetos” para seducirlos, no lo hacen ofreciéndose como objetos pasivos: son agentes activos de su propia “conversión en objetos”, manipulando al hombre y jugando a juegos ambiguos que incluyen el pleno derecho a abandonarlos en cualquier momento incluso si, a ojos del hombre, esto pareciera contradecir las señales previas. Este papel activo de la mujer es su libertad, la que tanto molesta a todo tipo de fundamentalistas, desde los musulmanes que han prohibido recientemente a las mujeres tocar y jugar con plátanos y otras frutas que recuerdan al pene, hasta nuestro típico macho chovinista que explota violentamente contra una mujer que primero le “provoca” y luego rechaza sus avances. La liberación sexual femenina no es sólo abstenerse puritanamente de “convertirse en objeto” (como objeto sexual para el hombre), sino el derecho a jugar activamente con la propia “conversión en objeto”, ofreciéndose a sí mismas y retirándose a voluntad. ¿Será posible seguir con estas sencillas afirmaciones, o nos llevará la presión de lo políticamente correcto a acompañar todos estos juegos con algún tipo de declaración formal-legal (de consentimiento, etc.)?

Una reciente idea políticamente correcta es el llamado Kit de Consentimiento Consciente, ya a la venta en EEUU: una pequeña bolsa con un condón, un bolígrafo, pastillas mentoladas para el aliento, y un contrato sencillo que establece que ambos participantes han consentido libremente al acto sexual compartido. La sugerencia es que una pareja que se disponga a mantener relaciones bien se haga una foto con el contrato en sus manos, o bien lo firme con la fecha correspondiente. Aunque el Kit de Consentimiento Consciente aborda un problema muy real, lo hace de una manera que no sólo resulta absurda sino directamente contraproducente. ¿Por qué?

La idea subyacente es que el acto sexual, para quedar libre de cualquier sospecha de coerción, tiene que ser previamente declarado como una decisión libre y consciente por ambas partes. En términos lacanianos, tiene que quedar registrado por el gran Otro, inscrito en el orden simbólico. Como tal, el Kit de Consentimiento Consciente es sólo una expresión extrema de una actitud que crece en todo EEUU. El Estado de California, por ejemplo, aprobó una ley que exigía a todas las universidades con financiación pública que adoptaran medidas para demandar a los estudiantes que antes de iniciar un acto sexual obtuvieran un consentimiento acordado -definido como «un acuerdo afirmativo, consciente y voluntario para realizar un acto sexual» que no tenga lugar en estado de embriaguez-, exponiéndose de lo contrario a algún tipo de castigo por agresión sexual.

“Un acuerdo afirmativo, consciente y voluntario” ¿Por parte de quién? Lo primero que hay que hacer aquí es activar la triada freudiana de Ego, Superego y el Id (en versión simplificada: la autoconciencia consciente, el agente de responsabilidad moral que impone normas, y nuestras pasiones más profundas de las que renegamos). Pero, ¿y si existe un conflicto entre las tres? ¿Si, bajo la presión del Superego, mi Ego dice NO, pero mi Id resiste y se aferra a ese deseo negado? O (un caso mucho más interesante) el contrario: Digo que SÍ a la invitación sexual, rindiéndome a la pasión de mi Id, pero justo en pleno acto sexual mi Superego desencadena un insoportable sentimiento de culpa. Así que, por llevar las cosas al absurdo, ¿deberían el Ego, el Superego y el Id de cada parte firmar el contrato, para que sea válido sólo si los tres dicen SÍ? Además, ¿qué hay si el compañero masculino también echa mano de su derecho contractual para echarse atrás y cancelar el acuerdo en cualquier momento del acto sexual? Imaginemos que, después de obtener el consentimiento de la mujer, cuando los potenciales amantes se encuentran ya desnudos en la cama, algún pequeño detalle fisiológico (como el sonido desagradable de un eructo) hace que se desvanezca el encanto sexual y provoca que el hombre se eche atrás. ¿No sería esto una humillación extrema para la mujer?

La ideología que respalda esta promoción del “respeto sexual” merece un análisis más profundo. La fórmula básica es: “¡Sí significa sí!”, y tiene que ser un sí explícito, no simplemente la ausencia de no. “No no” no equivale automáticamente a “Sí”: si una mujer que está siendo seducida no se resiste activamente, esto todavía deja espacio para diferentes formas de coerción. Aquí, sin embargo, los problemas explotan: ¿qué pasa si una mujer desea apasionadamente, pero está demasiado avergonzada para declararlo abiertamente? ¿Qué pasa sí, para ambos, jugar a la coerción de manera irónica es parte del juego erótico? ¿Y sí a qué, concretamente? ¿A qué tipos de acto sexual es el sí declarado? ¿Debería el contrato ser más detallado, especificando el consentimiento principal: sí a penetración vaginal pero no anal, sí a una felación pero no a tragarse el esperma, sí a unos suaves cachetes pero no golpes duros, etc, etc.? Resulta fácil imaginar una larga negociación burocrática que podría matar el deseo sexual por el acto, pero que también podría redundar libidinosamente en sí mismo. Lejos de ser secundarios, estos problemas afectan al mismo corazón del juego erótico que no permite retirarse a una posición neutral y declarar su disposición (o no) a hacerlo: cada acto es parte del juego y bien le quita erotismo a la situación o se convierte en erótico en sí mismo.

La norma sexual del “sí significa sí” ejemplifica la noción narcisista de la subjetividad que predomina hoy en día. El sujeto se vive como algo vulnerable, algo que se ha de proteger con un complejo conjunto de reglas, a quien se ha de advertir previamente sobre todas las posibles intromisiones que podrían molestarle a él o a ella. Cuando se estrenó, ET se prohibió en Suecia, Noruega y Dinamarca: el retrato poco halagador que hacía de los adultos fue considerado peligroso para la relación entre los niños y sus padres. (Un detalle ingenioso confirma esta acusación: durante los primeros 10 minutos de la película se ve a todos los adultos de cintura para abajo, como los que amenazan a Tom y Jerry en los dibujos animados …). Desde la perspectiva de hoy en día, esta prohibición nos puede parecer un signo temprano de la obsesión políticamente correcta por proteger individuos de cualquier experiencia que pueda herirlos en algún modo. Y la lista se puede alargar indefinidamente, recordemos la propuesta de borrar digitalmente los cigarrillos de los clásicos de Hollywood…

Sí, el sexo está lleno de juegos de poder, obscenidades violentas, etc, pero lo difícil es admitir que es inherente a ello. Algunos agudos observadores ya se han dado cuenta de que la única forma de relación sexual que cumple totalmente con el criterio políticamente correcto sería un contrato entre sadomasoquistas. El aumento de la corrección política y de la violencia son por tanto los dos lados de la misma moneda: Jean Claude Milner tenía razón al señalar que, en tanto en cuanto la premisa básica de la corrección política es la reducción de la sexualidad a consentimiento contractual mutuo, el movimiento antiacoso alcanza su clímax inevitablemente en contratos que estipulan formas extremas de sexo sadomasoquista (tratar a una persona como un perro con una correa, esclavismo, tortura, e incluso la muerte consentida). En dichas formas de esclavitud consensuada, la libertad contractual de mercado se niega a sí misma: el tráfico de esclavos se convierte en la última aseveración de libertad. Es como si Kant con Sade de Lacan (el brutal hedonismo del Marqués de Sade como la verdad de la rigurosa ética de Kant) se convirtiera en realidad de forma inesperada. Antes de descartar esta idea como una simple y provocativa paradoja, deberíamos reflexionar sobre cómo funciona esta paradoja en nuestra propia realidad social.

Slavoj Zizek es filósofo y crítico cultural, profesor en la European Graduate School, director internacional del Birkbeck Institute for the Humanities (Universidad de Londres) e investigador senior en el Instituto de Sociología de la Universidad de Liubliana. Sus últimos libros son Antígona y Porque no saben lo que hacen, ambos publicados en Ediciones Akal.

Traducción de Eva Dallo.

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