Por
María José Carmona

“Las señoras siempre suben la voz un par de octavas cuando les hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos”. Así, cargada de ironía, la escritora Lucía Berlín describe en su Manual para mujeres de la limpieza (uno de los libros más vendidos en Estados Unidos en 2016) las tripas de este oficio que ella misma ejerció.

A través de sus ojos afilados, asistimos al desfile diario de sirvientas por paradas de autobús y chalets en las afueras, al encuentro de señoras llenas de manías, niños malcriados y restos misteriosos entre las sábanas. Nada nuevo para estas mujeres -“chicas” las llaman- cuyas vidas transcurren en un escalón invisible. Siempre más bajo.

“Consejo para mujeres de la limpieza: aceptad todo lo que la señora os dé, y decid gracias. Luego lo podéis dejar en el autobús, en el hueco del asiento”, escribe Berlín. El humor ayuda, libera, escuece.

Las otras mujeres de la limpieza

Para entender la situación de las empleadas de hogar en España hay que empezar por una fecha: El trabajo doméstico no fue reconocido como un trabajo hasta 1985. Fue entonces cuando se incluyó dentro del régimen laboral.

Antes de 1985, las ‘servidoras domésticas’ dependían de la jurisdicción civil y, por tanto, vivían bajo la tutela exclusiva del ‘amo de la casa’. Puede sonarnos algo arcaico, como una escena en color sepia, pero basta con hacer cuentas. Apenas han pasado 32 años.

Gracias al Real Decreto del 85, estas mujeres empezaron por primera vez a llamarse ‘empleadas’ y, también por primera vez, lograron recibir algunas prestaciones básicas como la seguridad social o la pensión.

Desde entonces, las cosas han mejorado, pero poco. Hoy las mujeres de la limpieza siguen disfrutando de menos derechos que cualquier otro trabajador. Por ejemplo, no tienen derecho a desempleo. Esto, en pleno 2017.

“Este trabajo no se respeta porque lo hacemos mujeres. Lo hemos hecho toda la vida y el patriarcado se ha encargado de mantenerlo”. Habla Rafaela Pimentel. Empleada de hogar, dominicana, mujer. La triple frontera.

Para Rafaela el desprecio al trabajo del hogar no solo ocurre por una cuestión de clasismo. Ocurre porque lo hacen ellas. No hay que olvidar que las mujeres se encargan del 90% del empleo doméstico.

En el caso de España, desde el inicio de la crisis, las mujeres migrantes han ocupado buena parte de estos puestos. Según la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hoy representan el 47% del empleo en el hogar. “Nosotras, las migrantes, nos hemos convertido en empleadas domésticas para que otras mujeres puedan salir a trabajar. Los hombres nunca se han hecho responsables”.

Rafaela trabaja entre dos casas, una en el centro de Madrid y otra en Pozuelo de Alarcón –a unos 20 kilómetros-. Esta mujer de 57 años se mueve con agilidad envidiable entre líneas de metro, trenes y autobuses. No necesita planos ni folletos con horarios. Lo tiene todo en la cabeza. La organización, dice, es fundamental en este oficio. También lo es el tiempo, aunque da igual cómo se organice. Nunca es suficiente.

Desde que llegó a España, allá por el 95, Rafaela ha dedicado unas 43.400 horas a limpiar, cocinar, cuidar y acompañar. Y eso solo es una aproximación a la baja. Que a nadie se le ocurra decirle que lo suyo no es un trabajo.

Una historia de esclavitud

El empleo doméstico siempre ha ido desde el inicio de los tiempos unido a la esclavitud y la servidumbre. En los siglos XV y XVI, las criadas eran mujeres jóvenes. Casi siempre venían del campo. Trabajaban por techo y comida. Como mucho por algo de dinero que les permitiera reunir lo suficiente para una dote con la que casarse.

A mediados del siglo XVIII, el servicio doméstico se estandarizó pero seguía siendo una ocupación ‘poco honorable’, protagonizada, una vez más, por mujeres. Chicas ‘para todo’, como las llamaban en España, que cobraban salarios miserables y encima comían mal. Se alimentaban con las sobras de la mesa de los señores. Igual que los perros o los gatos, como decía Lucía Berlín.

Durante la Segunda República hubo un primer intento de incorporar el trabajo doméstico en los seguros sociales pero la idea quedó en el aire y definitivamente se descartó tras la Guerra Civil y la dictadura posterior que apisonó cualquier aspiración feminista. La propia ley comparaba a las mujeres con menores de edad y dejaba claro cuáles debían ser sus únicas aspiraciones: el sacrificio, la obediencia, la subordinación.

Por todo esto, hubo que esperar hasta 1985 para que se aprobara el Régimen Especial de las Empleadas del Hogar que, al fin, concedía sobre el papel algunos derechos para estas trabajadoras. Aunque, en realidad, seguían siendo migajas. Los empleadores no estaban obligados a hacerles un contrato por escrito, no se les garantizaba el salario mínimo, tampoco se les reconocía el derecho a baja médica por accidente laboral, ni se les daba baja por enfermedad hasta que hubieran pasado 29 días.

Seguía tratándose de una legislación injusta pero entonces nadie se preocupó por denunciarlo. Ni los sindicatos, ni los movimientos obreros. Ellas siempre estuvieron solas. ¿A quién le extraña? Afirma la activista italiana Silvia Federici, si hasta Marx se olvidó de estas mujeres a la hora de escribir El Capital.

Territorios para pelear

Aisladas e invisibles, fueron ellas las que a partir de los años 90 empezaron a crear las primeras asociaciones de empleadas para exigir un trabajo digno, un trabajo decente.

“Solo pedimos lo mínimo, estar en igualdad con el resto de trabajadores”, insiste Rafaela. Ella ya tenía una larga trayectoria como activista en Santo Domingo. Trabajaba con las mujeres de los barrios para que fueran ellas quienes liderasen la lucha por las escuelas, la sanidad o el agua. “Hacíamos protestas en los acueductos y no nos íbamos hasta que nos prometiesen fuentes para el barrio”.

Una vez en España, se encontró con el empleo de hogar. Ella misma utiliza esa palabra, “se encontró”, porque en realidad no era lo que estaba buscando. Sin embargo, fue aquí donde descubrió otro motivo por el que pelear. “Empecé a conocer a otras compañeras y vimos la necesidad que teníamos de unirnos, de compartir lo que nos pasaba”.

En 2006 fundaron Territorio Doméstico. Un espacio, en primer lugar, para sentirse acompañadas. “Hay mujeres que están muy solas, que se les ha muerto un familiar y en la casa donde trabajan ni se enteran. Te ignoran, eres un mueble, un palo de fregona, no se plantean que tienes vida”.

Pero, sobre todo, Territorio Doméstico es una asociación para reivindicar sus derechos, para exigir reconocimiento y valoración a su trabajo bien a través de manifestaciones y denuncias –hasta ahora han ganado doce juicios por abusos a compañeras-, bien a través del humor. Una de sus principales herramientas para la crítica es la Pasarela Fashion, un cómico desfile de moda que representan en plena vía pública para reírse, como Lucía Berlín, de situaciones cotidianas.

“Nuestra próxima modelo limpia, cocina y enseña inglés a los niños por solo 500 euros”, anuncia entre aplausos la presentadora de esta sarcástica pasarela.

En estos diez años han pasado 18 nacionalidades por la asociación. Ahora suman unas 30 mujeres. Su lema, Sin nosotras no se mueve el mundo.

“Al menos el vuestro”, apostilla Rafaela y después plantea en voz alta “imagina qué pasaría si un día hiciéramos una huelga de cuidados. Todo se paraliza”.

La lucha feminista de estas mujeres obtuvo su primera conquista en 2011, cuando el Gobierno español anuló el Régimen Especial de las Empleadas del Hogar del año 85 e incluyó su trabajo dentro del Régimen General de la Seguridad Social.

La nueva norma incorporaba la obligación de un contrato por escrito, las dos pagas extraordinarias, un descanso semanal de 36 horas ininterrumpidas, la baja por accidente y por enfermedad desde el cuarto día.

Aun así, una vez más, siguen quedando derechos fuera. Lo más importante es el desempleo. Ellas siguen sin poder cobrar una prestación en caso de perder el trabajo, aunque hayan estado doce años al servicio de una misma casa. Actualmente hay unas 55.000 desempleadas en España que no cobran nada.

Otro cabo suelto es la figura del desistimiento, esto es un recurso que solo existe en el trabajo doméstico y que permite a cualquier familia despedir a su asistenta simplemente porque “ha perdido la confianza” en ella. Sin tener que justificar nada más.

Curiosamente, a veces esa “falta de confianza” coincide con el embarazo de la empleada o con una difícil enfermedad como un cáncer. En ese caso, tampoco importa. Las pueden echar sin más, de un día para otro y con una indemnización máxima de doce días de salario por año trabajado. En cualquier otro trabajo la ley exige que sean 20 días.

El silencio de la inquilina

“Últimamente los defensores de derechos humanos nos llaman asistentes domésticas para aminorar el golpe, pero las cosas por su nombre: somos sirvientas, nuestro oficio es servir. Partiendo de ahí, podemos desmenuzar la gama de abusos que vivimos quienes trabajamos en el servicio doméstico”.

Este fragmento fue publicado en abril de este año por la escritora guatemalteca Ilka Oliva. Escribe su blog, Crónicas de una inquilina, desde Arizona donde también trabaja como empleada doméstica.

Su sentimiento es compartido por centenares de mujeres en todo el mundo. Como María Julia, “me siento como un canguro porque me paso el día saltando de casa en casa para conseguir llegar a mil euros”.

Como Luz Marina, “no estoy trabajando porque estoy embarazada, las que están embarazadas siempre las despiden”.

Como Auxiliadora, “trabajo de nueve de la noche a una de la tarde cuidando a una mujer mayor por 450 euros. Llevo sin vacaciones cuatro años”.

Como Maimuna, “termino el trabajo a las once de la noche, no tengo días libres, ni horas de descanso. Cobro 150 euros”.

Todos son testimonios reales recopilados por el documental Cuidado, Resbala, que fue producido en 2014 por la Asociación Círculo de Mujeres. Los abusos persisten y eso sin contar con la economía sumergida. Hoy de las 630.000 personas ocupadas en empleo del hogar en España, más de un 30% trabaja en negro, según datos de la OIT.

“A muchas nos valoran, como es mi caso”, explica Rafaela, “pero siguen existiendo muchos abusos en el empleo doméstico. También abusos sexuales”.

Sí. Esto también pasa. Según un estudio del sindicato UGT publicado en Euskadi, el 53% de las inmigrantes empleadas en el servicio doméstico ha sufrido acoso sexual. “Se da con frecuencia. Te tocan el culo, te meten mano, piensan que somos mujeres fáciles, no se nos respeta”, relata la portavoz de Territorio Doméstico, “a veces te piden que te acuestes con ellos, como si fuera parte del trabajo”. Hay casos aterradores como el de una compañera que trabajaba como interna. Durante dos años tuvo que dormir con una silla atrancando la puerta para impedir que su jefe se colara en la habitación por las noches.

Aun así no lo denunció, casi nunca pueden. “Alguna lo ha intentado, pero al final se echan para atrás, es un tema muy duro para ellas, sienten vergüenza. Por otro lado, si denuncian se la tienen que jugar, perder el trabajo sabiendo que su familia y sus hijos dependen de ellas”.

Como desveló otro documental titulado Violadas y Expulsadas, muchas de estas mujeres se enfrentan a otro miedo. El riesgo a ser deportadas si lo cuentan. Si no tienen papeles y acuden a una comisaría de policía para poner una denuncia, se exponen a que un agente les abra un expediente de expulsión.

Por ello, desde las asociaciones piden que haya más inspecciones de trabajo en los hogares. En 2014, se hicieron unas 2.100 visitas, un 0,32% de todas las inspecciones realizadas ese año. La cifra es ridícula teniendo en cuenta que hay 630.000 empleadas domésticas, pero es difícil que haya más. Según la legislación española, la vivienda privada es un espacio inviolable y su protección es más importante que los derechos laborales de las personas que trabajan dentro. Aunque se trate de víctimas de abuso sexual.

Unidas por el 189

Las empleadas domésticas españolas ya no están solas. Desde hace años los colectivos extienden sus redes más allá de las fronteras físicas para hacer más fuerte su mensaje. No es raro ver a compañeras españolas dar charlas en Viena, reunirse con otras trabajadoras domésticas en México o conceder entrevistas en EE.UU.

La reivindicación que les une es el 189. El Convenio 189 que la Organización Internacional del Trabajo aprobó el 16 de junio de 2011. Se trata del primer convenio para la defensa del trabajo decente de las trabajadoras y trabajadores domésticos. El primero dirigido a dignificar la labor de los 52 millones de personas dedicadas al servicio doméstico en todo el mundo.

El texto, vigente desde 2012, reconoce a estas personas ‘todos los derechos laborales’ que disfrutan el resto de trabajadores. Todos. A día de hoy lo han ratificado 24 países. La mayoría son latinoamericanos, con grandes excepciones como México, Brasil o Perú.

Entre los países firmantes hay seis europeos -Alemania, Bélgica, Finlandia, Irlanda, Italia y Portugal-. España no está, no ha querido. De hecho, a pesar de la presión de las asociaciones, en 2013 el propio Gobierno propuso al Parlamento la ‘no ratificación del Convenio’. Y, hasta ahora, ni siquiera ha puesto una excusa.

“Vamos a seguir peleando por el 189, reivindicando con orgullo que somos trabajadoras de hogar. Esto es un trabajo digno, la indignidad es tener a una persona esclavizada y sin derechos”, defiende Rafaela.

Cinco años después de su entrada en vigor, países como Colombia, Bolivia, Filipinas, Sudáfrica o Guinea se han comprometido a respetar los derechos de las trabajadoras domésticas, a valorar la labor de estas empleadas que, no solo ayudan a mantener el estado del bienestar del país en el que trabajan, sino que también contribuyen a sostener sus países de origen a través de las remesas.

Mientras, España sigue sin pronunciarse.

Fuente: http://miradasmultiples.com.mx/2017/08/14/las-que-mueven-el-mundo/

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