Por Cristina Monge

Desde hace tiempo, cada vez que leo ciertos comentarios en Twitter, descubro algunas estadísticas o tiemblo al leer noticias de mujeres golpeadas, violadas y asesinadas, me viene a la mente la imagen de una manada que me grita –nos grita–: ¡¡Es el Poder, estúpidas!!

Un poder que a lo largo de los siglos ha correspondido a ellos, aunque no a todos ellos. Sólo a los que tenían la capacidad de definir los conceptos, de decir lo que son las cosas. Es por eso que salvajadas como la de La Manada se han interpretado como algo distinto a una violación, o incluso como un jolgorio, en una sentencia que pasará a los anales de la historia del disparate. Mientras nos debatimos entre la indignación y la incredulidad, vemos cómo en tertulias de televisión se pone el foco en la víctima cuestionando su vida sexual; cómo se escriben artículos de opinión dudando incluso de lo que la sentencia considera hechos probados; o cómo los jueces y fiscales son capaces en tiempo récord de emitir un comunicado quejándose de la intromisión del ministro de Justicia, pero omiten cualquier pronunciamiento sobre la sentencia, olvidando probablemente que lo que está en juego es la credibilidad del sistema judicial. Casi nada.

Por si esto fuera poco, cuando todavía estamos estremecidos conocemos que un Tribunal de Sant Pere de Ribes, en Barcelona, ha condenado por abuso y no por violación a un hombre acusado de violar a su sobrina de 15 años porque esta entró en estado de shock y no se resistió. Esta vez han sido tres mujeres, tres magistradas, las que han dictado la sentencia. Mientras esto pasaba, la tétrica estadística de asesinatos de mujeres continuaba en ascenso: el pasado viernes en Zamora, y esta vez, al parecer, por resistirse la víctima a ser violada e intentar huir de su agresor.

¿Cómo explicar este ensañamiento continuo contra las mujeres si no es desde una concreta concepción del monopolio del poder? Se trata de entender que, más allá de que las sentencias las dicten hombres o mujeres, existen estructuras en la sociedad que han sido definidas por los hombres desde una óptica excluyente dirigida a conservar su poder, ese que les permite disponer de nuestro cuerpo hasta el punto de tener que explicar que si no es SÍ, es NO. Por eso la labor de cuestionamiento del machismo tan arraigado en nuestra sociedad es tarea de ellos y de nosotras.

Quienes hacen las leyes, quienes las interpretan –aunque sean mujeres–, no escapan a esa lógica instalada en el sistema. Sólo así se explica que en medio del escándalo sobre la sentencia de La Manada el Gobierno no cayera en la cuenta de que la comisión a la que encomienda la valoración de la reforma del delito de violación en el Código Penal estaba formada por veinte hombres y ninguna mujer. En el mismo día el ministro reaccionó anunciando que se contará con mujeres en esa comisión, si bien esta incorporación tendrá carácter temporal, amparándose en la posibilidad que existe de “acordar la audiencia de representantes de asociaciones de mujeres juristas” debido a “su especial vinculación y competencia en la materia estudiada” con la finalidad de “tener un mejor conocimiento de la realidad objeto del encargo”. O sea, nos vienen a decir que está justificada la presencia de mujeres juristas por tratarse de casos de violaciones a mujeres, pero no si se trata de otro tipo de delitos. Nada más que declarar.

El ninguneo de las mujeres en la vida pública y en los puestos y ámbitos de poder recorre casi todos los espacios de nuestra sociedad: en la comisión de expertos sobre transición energética que ha emitido el informe que servirá de base para la futura ley de cambio climático y transición energética hay catorce hombres y ni una sola mujer; en la alta dirección de las empresas del IBEX las mujeres apenas son un 12%; y tan sólo tenemos doce rectoras en las 76 universidades españolas.

Una sociedad que se considera igualitaria es aquella que reparte el poder, que se reconoce plural, y que se asegura de que ningún colectivo como tal queda al margen, y esto es tanto como decir que la lucha por la igualdad es también una lucha por el poder.

Quienes han entendido esto están poniendo en marcha iniciativas como la web Feminicidio.net que recopila, analiza y estudia la violencia machista desde una óptica integral; la campaña Free to be de Plan Internacional, que busca identificar sitios más y menos seguros para las chicas en nuestras ciudades; o este listado que inició Francisco Polo recopilando nombres de mujeres especialistas en distintos campos del conocimiento para no tener que volver a oír en ningún congreso, evento o foro, aquello de “no hay ninguna mujer en el escenario porque no las encontramos”. Si nos buscan, nos encuentran, porque estamos, aunque muy a menudo invisibles, y casi siempre en segunda fila.

La clave es que ellos tienen que admitir, y nosotras tenemos que asumir, que se trata de mucho más que de gestos y testimonios. Se trata de asumir que las sociedades complejas, plurales y diversas, son democráticas si consiguen repartir el poder. O sea, que #SinMujeresNoHayDemocracia.

Fuente: https://www.infolibre.es/noticias/opinion/columnas/2018/05/07/el_poder_estupidas_82530_1023.html

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