Pero el negocio que le hizo rico fue una clínica en Kiev a la que 300 matrimonios acudían cada año desde España para contratar un vientre

Aún hay más padres a la espera: “No sabemos nada de nuestro bebé ni de la madre que lo está gestando”

Decenas de familias españolas, atrapadas en Ucrania con sus bebés de “vientre de alquiler”

La sala de embarazadas, decorada al viejo estilo soviético, con columnas y capiteles dorados, arcos, dobles cortinas y maderas talladas de color oscuro, está a rebosar. No cabe un asiento más. Unas 60 mujeres de entre 30 y 50 años, muy blancas de piel, con rostros de cansancio y barrigas grandes descansan como pueden apretujadas en los sofás.

Todas ellas han alquilado sus vientres, y las que pronto saldrán de cuentas permanecen recostadas resoplando y acariciándose la tripa. Por las ventanas de Biotexcom, el destino principal de las parejas españolas que buscan un vientre de alquiler, asoman campos verdes y árboles que rodean chalets pintados de colores. Es un lugar en apariencia apacible, como de cuento, situado en una zona discreta a las afueras de Kiev. A todas estas mujeres, con hijos propios, les une un mismo destino: llevan en sus entrañas bebés de matrimonios infértiles. Muchos de ellos llegados desde Madrid, A Coruña, Bilbao, Valencia, Barcelona…

«Aquello es como una gran fábrica de niños. Impacta mucho», es la primera imagen que le viene a la cabeza a José Manuel, de 38 años. Él es uno de los más de 300 españoles con pareja que cada año vuelan hasta Ucrania, el útero de Europa, en busca de la cigüeña. José Manuel y su esposa, que por razones de salud no puede tener hijos, ya han pagado 30.000 de los 49.900 euros del paquete VIP (el más caro) que acordaron con Biotexcom.

La gestante que contrataron está felizmente embarazada y, en teoría, a mediados de mayo, serían padres. Lo peor, lamenta él, es que «ahora tenemos en Ucrania a nuestro futuro hijo creciendo dentro de una barriga ajena y no sabemos nada de él ni de la madre que lo está gestando para nosotros». «Mi mujer llora a todas horas, todos los días». También llora Cristina. Y Ana María. Y Silvia. Y Rubén y su esposa…

Ellos y ellas lloran porque, aunque ya han tenido sus bebés, están atrapados -junto con 30 parejas de españoles más- en Kiev en una telaraña burocrática propiciada por el Gobierno de España que les impide volver a casa con sus hijos recién nacidos.

Y, por otra parte, por el cierre de la clínica Biotexcom y el arresto de su dueño, un tal Albert Man, al que nunca vieron la cara. «Se ha producido la tormenta perfecta», describe de manera gráfica el director de una de las agencias españolas de maternidad subrogada que operan en Ucrania.

Todo se torció el pasado 5 de julio cuando el consulado de España en Kiev dejó de tramitar visados a los hijos nacidos allí mediante un vientre de alquiler. Hasta esa fecha, el procedimiento consistía en lo siguiente: tras el nacimiento del bebé la ley ucraniana permitía (y permite) inscribir a la criatura como hijo de la pareja, previa renuncia de la mujer gestante a la maternidad.

Sin embargo, era necesario que posteriormente el consulado español reconociera la filiación del padre para otorgar la nacionalidad al bebé. Y para eso bastaba una prueba de ADN. Las muestras, obtenidas del padre biológico y del bebe, se remitían a un laboratorio en España y los resultados volvían a Kiev.

El caso es que con el pretexto de que las pruebas de paternidad violan la nueva Ley de Protección de Datos de la Unión Europea, el consulado ha dado carpetazo a todas las solicitudes y, desde julio, más de 30 parejas españolas siguen en Ucrania víctimas de un limbo jurídico.

Una situación disparatada que, sin embargo, no padecen parejas de Alemania, Italia o Portugal, que no han tenido ningún problema para regresar con sus retoños a sus países. El cambio de criterio del consulado español no parece casualidad. Ha coincidido con la entrada del nuevo Gobierno. PSOE y Podemos, aliado del partido de Pedro Sánchez, se han destapado como los dos partidos más en contra de la maternidad subrogada. Sólo Ciudadanos apoya este proceso.

«Pensábamos que éstas iban a ser nuestras últimas vacaciones de verano los dos solos», se lamenta Julia, quien después de seis abortos ha tenido que renunciar definitivamente a ser madre biológica y, siguiendo la recomendación de su ginecólogo de Barcelona, ha contratado allí un vientre de alquiler, práctica prohibida por ley en España, pero legal en Ucrania desde 2004 para parejas heterosexuales casadas y que puedan acreditar la imposibilidad de tener hijos o que los embarazos son de riesgo.

A Julia y Marcos, su marido, en principio se les abría un nuevo y desconocido horizonte en el que jamás habían pensado. Él voló solo hasta Kiev y se fue directo a la clínica de reproducción humana. Habían visto en internet que Biotexcom gozaba de cierta reputación y que el precio, además, encajaba en el presupuesto de la pareja. Marcos donó su esperma allí mismo y, tras las pruebas de laboratorio, le dijeron que su semen era el adecuado. La parte que faltaba para crear un embrión fue obtenida de un banco un óvulos.

El 2 de agosto, tras haber pagado el segundo plazo de los 39.900 euros contratados del paquete estándar (incluye entre otros servicios exámenes médicos, prueba de ADN, intérprete, alojamiento…), le comunicaron que la mujer ucraniana elegida para darles un hijo estaba ya de dos meses. «Mi marido y yo estábamos como locos, por fin íbamos a ser padres». Fue lo último que supieron de su ansiado retoño. «Hemos llamado mil veces desde España pero nadie en la clínica nos atiende, no sabemos nada, ni siquiera me han dado el contacto de nuestra madre de alquiler para poder saber cómo están ella y el feto».

Crónica ha intentado ponerse en contacto telefónico con la clínica ucraniana y su oficina en Barcelona. En ninguno de los centros atienden. Están cerrados. Ni las autoridades ucranianas ni las españolas dan explicaciones. El nombre de Albert Man, dueño del negocio en Ucrania, un tipo del que hasta ahora poco o nada se sabía, solamente que permanece arrestado en su domicilio, empieza a estar en boca de todos. La Fiscalía General de Ucrania lo acusa de un presunto delito fiscal y otro de falsedad documental.

Crónica ha tenido acceso a algunos de los pagos que las parejas han de hacer para poder contratar en Biotexcom un vientre que les permita tener el hijo que la naturaleza les niega. El método vale tanto para españoles como italianos, alemanes o franceses. La clínica les facilitaba un número de cuenta y los futuros padres ingresaban los pagos convenidos previamente. El problema es que todo ese dinero se esfumaba de los controles fiscales ucranianos. Primero iba directamente a una cuenta en el Hellenic Bank PCL de Chipre y ahí al paraíso fiscal de las Seychelles. Es decir, cada uno de los niños nacidos en Biotexcom mediante un vientre de alquiler se pagaba en un paraíso fiscal.

El cómputo total evadido por la clínica alcanzaría cifras millonarias. Y eso en uno de los países más pobres del continente europeo, donde el salario mensual ronda los 200 euros y cientos de mujeres sin recursos ofrecen sus vientres fértiles a cambio de 10.000 euros. El resto, hasta completar los 49.900 euros, el precio más alto que se paga allí por un proceso completo de subrogación.

Las gestantes, de procedencia humilde, suelen tener uno o más hijos y su nivel de estudios generalmente no pasa del básico. Según denuncia la Asociación de Padres por la Gestación Subrogada: «Independientemente de los delitos que se le imputan, nos preocupa tanto o más la explotación de las gestantes, que eran tratadas de forma inhumana…».

¿Pero quién es el rey de los vientres de alquiler en Europa?

El hombre que se hace llamar Albert Man no es Albert Man. Es Albert Totchilovski, de origen alemán y 41 años de edad. En la tierra de Angela Merkel se ganó su primer sueldo trabajando de barrendero. Limpiar calles, sin embargo, no entraba en los planes a medio plazo del espabilado Albert. Y al cumplir los 23 dejó la escoba y, con 50.000 euros en el bolsillo, se marchó a Kirovogrado.

En la próspera ciudad industrial del centro de Ucrania corría el dinero y Albert, que al parecer no le hacía ascos a casi nada, haría de todo. Montó un negocio que se dedicaba a la extorsión a cambio de dinero, y una discoteca.

Dicen que él nunca lo negó. Al revés. Que solía presumir, sin ocultar sus orígenes humildes, de haber llegado a empresario. Más tarde, también en Kirovogrado, creó Biotech, su primera clínica de reproducción humana. Se la cerraron tras una inspección porque supuestamente en el mismo depósito de nitrógeno líquido donde se almacenaban muestras de esperma humano, guardaba también semen de toro. Entonces cambió de aires y se instaló en la capital de la Ucrania postsoviética, Kiev.

No quedaría en la ruina. El germen económico de aquellos primeros negocios terminaría haciendo rico al barrendero Albert. Y ese sueño hecho realidad fue Biotexcom, hace ya 10 años, su joya… y su condena. Mientras reconvierte dos chalets adosados en uno solo a las afueras de KIev, equipándolo con laboratorio, consultas y salas de exploración, Albert Man empieza ya a captar clientes dentro y fuera de Ucrania. Vende precio y un equipo médico de 25 doctores y enfermeras auxiliados por la última tecnología. Los primeros contratos de vientres de alquiler los firma en cafeterías. Las peticiones le van llegando de toda Europa, Asia, Oriente Medio…

Aquel tipo sin porvenir, que había ido de fracaso en fracaso, empezaba a codearse con lo más granado de la sociedad ucrania y a acumular influencias y dinero. Sus vientres low cost no tenían competencia. Eran tres veces más baratos que en Inglaterra o Estados Unidos, donde sólo la gente pudiente tiene acceso a los servicios del lucrativo negocio de la maternidad subrogada. Allí, un vientre de alquiler sale por 120.000 euros y, si la mujer aborta de forma natural, cosa que nunca hay que descartar, la pareja ha soltar otros tantos miles si desea volver a iniciar el proceso.

Le van tan bien las cosas que Biotexcom abre oficina en una de las calles más caras del centro de Barcelona. Las parejas españolas infértiles se convierten en uno de sus principales clientes. Albert se cambia a una casa de dos plantas con enorme garaje donde guarda sus ocho coches de alta gama (Mercedes, Audi Q7…). El joven pobre de antaño ha cumplido su sueño. Es un triunfador. Y no sólo en lo económico.

Sus buenas relaciones con políticos como el diputado Vitalii Kuprii lo protegen. Nadie le tose dentro ni fuera de Ucrania. Se cuida mucho de que no le fotografíen. De que su vida pasada y presente sea un misterio. Apenas se deja ver por su clínica. No concede entrevistas. Apenas hace vida social. Se oculta. Albert Man, el rey de los vientres de alquiler, incluso esconde su verdadero nombre…

Hasta hoy.

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